miércoles, 26 de febrero de 2014

El nacionalismo como religión

Daniel Tercero

Una vez elegido el bando, se autoconvence de que este es el más fuerte, y es capaz de aferrarse a esa creencia incluso cuando los hechos lo contradicen abrumadoramente. El nacionalismo es sed de poder mitigada con autoengaño. Todo nacionalista es capaz de incurrir en la deshonestidad más flagrante, pero, al ser consciente de que está al servicio de algo más grande que él mismo, también tiene la certeza inquebrantable de estar en lo cierto”
George Orwell, Notas sobre el nacionalismo

Cuando la religión y el Estado se confunden, irremisiblemente desaparece la libertad”
Mario Vargas Llosa, La civilización del espectáculo


Temeroso de lo que sucedía en Europa –y había sucedido en la primera mitad del siglo XX– y que desde este continente se había exportado a Asia y África, Carlton J. H. Hayes escribió un libro destinado a influir entre los cristianos de la década de los años 60 del siglo XX.

Todo cristiano debe anteponer su creencia a su nacionalismo; práctica, esta segunda, a la que no renuncia Hayes pero que sitúa en su contexto. El nacionalismo. Una religión(1960), obra publicada en español en 1966 por la Unión Tipográfica Editorial Hispano-Americana, analiza la conversión en creencia y fe del patriotismo exacerbado con múltiples ejemplos a lo largo de la historia.

¿Es el nacionalismo una religión? George Orwell escribió sobre ello quince años antes que Hayes sin tantos rodeos. Esta debería ser una de las preguntas a responder en el siglo XXI, tanto en España como en el resto de estados liberales de economía de mercado, más o menos perfectos.

Hayes fue profesor de Historia en la Universidad de Columbia (Estados Unidos) entre 1907 y 1950. Dedicó parte de sus investigaciones a describir y descubrir el nacionalismo, sobre todo en Europa, continente al que llegó en plena guerra mundial para ejercer de embajador de los Estados Unidos entre 1942 y 1945 (con Franklin Delano Roosevelt, del Partido Demócrata)... en Madrid.

Esta estancia le permitió tomar notas para publicar, posteriormente, su libro tituladoMisión en tiempo de guerra en España. Además, hay que recordar que a Hayes se le acusó en Estados Unidos de haber sido condescendiente con el franquismo y con el mismo dictador, al que algunos llegaron a relacionar como si fueran amigos, durante su paso por la España de posguerra. ¿Qué papel jugó Hayes para que España permaneciera neutral en la Segunda Guerra Mundial? Otra pregunta a responder en el futuro.

Aunque por España sepamos poco de este historiador metido en camisa de diplomático(fallecido en 1964), sí sabemos que Hayes llegó a ser presidente de la American Historical Association y copresidente de la National Conference of Christians and Jews. Apuntes sobre su biografía que no pueden desligarse de su obra.

Sí deberían conocer a Hayes los que de Renan (desde su ya famosa conferencia de 1882 en la Sorbona) a esta parte han dedicado su tiempo a escudriñar sobre el concepto nación y sus derivados –o, según algunos historiadores, en realidad, sus previos– nacionalismo y nacionalidad. De ello sabe y mucho nuestro José Álvarez Junco (Mater dolorsa. La idea de España en el siglo XIX es, a mi modo de ver, una de las mejores obras de historia de los últimos lustros, publicada en 2001), quien lo cita en el prólogo de su obra cumbre (aunque lo olvida en el tomo que él coordina de la Historia de España, de Josep Fontana y Ramón Villares, publicado en 2013); y Eric Hobsbawm (en Naciones y nacionalismo desde 1780, publicado en 1990), quien considera a Hayes uno de los “padres fundadores” del estudio académico del nacionalismo, junto a Hans Kohn (gracias entre otras a su The idea of nationalism. A study in its origin and background, Nueva York, 1944). Una definición, la de “padre fundador”, que el mismo profesor británico (fallecido recientemente) toma de Aira Kemiläinen en 1964.



Nacionalismo, patriotismo y religión

Tan actual como las portadas de la prensa española estos días –últimos meses, en realidad; y también en otros países como Hungría, Grecia o Reino Unido, por ejemplo–, en El nacionalismo. Una religión se muestra, simplifica y resume la importancia que en Europa tiene el término nacionalismo, que Hayes definió básicamente como el conjunto de personas con una lengua común y unas tradiciones históricas (inventadas o no), más allá de los aspectos geográficos o de “su estirpe biológica”.

El estadounidense advierte, sin embargo, que existen dos tipos de nacionalismos. Nacionalismo político y nacionalismo cultural no tienen la necesidad imperiosa de ir unidos y, de hecho, pueden existir el uno sin el otro. Así lo cree para el caso de los belgas y los suizos. Y lo sería para India o China, por poner dos ejemplos transeuropeos. Aunque, eso sí, estos dos modelos de nacionalismos tienen influencia entre ellos, pues el segundo suele dar lugar al primero: “Países como Gran Bretaña, Francia y España, de los que se piensa que son poseedores de estados nacionales conformados desde hace mucho tiempo, aún albergan minorías nacionales, con lenguajes y tradiciones diferentes”.

Pero Hayes también recuerda que las nacionalidades son artificiales. Es decir, no corresponden con el ser humano en tanto que tal. ¿Qué fueron sino los hititas, los fenicios, los etruscos o los hedomitas, por citar algunas nacionalidades desaparecidas? La nacionalidad hay que regarla –una obviedad– con la “educación” y el “adiestramiento consciente con este fin”, que pueden producir mayor o menor grado de exaltación.

Es entonces cuando nace el patriotismo. “La lealtad a personas familiares –parientes, amigos, vecinos– es natural y lógica. Pero se necesita una preparación cívica especial para hacer que un hombre sea fiel a todas las personas, allegadas y ajenas, que forman el conjunto de su nacionalidad. […] Es necesario hacer esfuerzos repetidos y sistemáticos para implantar en las masas de una vasta nacionalidad un acervo de pensamientos e ideales nacionales a los que debe ser leal”.

Y, a su vez, este patriotismo, exaltado, popular y emocional, puede dar lugar al nacionalismo. No es una cuestión ideológica, señaló Hayes, ocurrió –¿ocurre?– en sistemas liberales y en dictaduras socialistas: “El nacionalismo puede ser lo más importante, la lealtad máxima, que impera sobre todo lo demás. Esto sucede normalmente cuando la emoción nacional se fusiona con la religiosa y el nacionalismo se transforma en una religión o en el substitutivo de una religión”.

Alguien podría pensar que el concepto nacionalista está alejado del comunismo, o del socialismo, y así llegar hasta la socialdemocracia actual. Hayes explica que esto no es así (izquierda y derecha son esponjas de populismos), aunque no acaba de entender (como evidencia al final de la obra) que la izquierda pueda jugar y ganar a la derecha en nacionalista.

Karl Marx no era nacionalista (“los comunistas solo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios, destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad”). El escribidor del Manifiesto comunista (la cita anterior es de este texto, publicado por primera vez en 1848) era partidario de la creación de grandes estados que agrupasen diversas nacionalidades. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) fue un intento de ello. Fallido –desde luego– y sin libertades básicas. Pero intento, al fin y al cabo. Sin embargo, el comunismo –pese a que en origen quería sacudirse del nacionalismo burgués localista– abrazó el nacionalismo con ardor.

“El nacionalismo tiene ese algo de carácter cálido y piadoso que falta al comunismo. No es tan fría e impersonalmente materialista. Tiene valor espiritual y, a diferencia del comunismo, parte de la básica verdad religiosa que nos dice que no solo de pan vive el hombre. Por ello, la emoción que despierta el nacionalismo puede extenderse a todos: no llega únicamente a una minoría selecta, sino que alcanza a la gran masa de gente”.




De “cristiano” a “irlandés”

El diplomático estadounidense repasó la historia para destacar aspectos nacionalistas desde la aparición de la civilización hasta nuestros días. Desde las tribus a la Segunda Guerra Mundial, pasando por los imperios antiguos y los del siglo XIX. No hay periodo histórico que se libre de la religión nacionalista. No hay momento en el que el patriotismo exacerbado intente sustituir (consiguiéndolo en muchas ocasiones) a la religión (sea cual sea su adjetivación).

Para Hayes, “el nacionalismo, en su forma original, fue una simple expresión del tribalismo; que después declinó y fue suplantado por lealtades más extensas; que su resurrección se produjo en los tiempos modernos y entre los pueblos tradicionalmente cristianos, y que su pleno florecimiento en Occidente y su implantación en el resto del mundo son relativamente recientes”.

En apenas unos cientos de años se ha pasado de clasificar al enemigo por ser cristiano o musulmán a obtener la ciudadanía en función del color de la bandera que acompañe al documento de identificación personal. Si se pregunta a un europeo qué es, responderá con un “alemán”, “francés” o “lituano”, por poner tres ejemplos. En la Edad Media hubieran respondido con un “soy cristiano”.

En este sentido, Hayes recupera la idea de nación del siglo XIX –Álvarez Junco hace lo propio para el caso español y defiende que no podemos hablar del término nacionalizar hasta esta centuria– y la vuelta a la defensa de los localismos para asegurar que es a partir de la Edad Moderna cuando “resucita” el “sentimiento nacionalista”. Un sentimiento que se ha ido incubando a lo largo de la historia previa y explota iniciado el siglo XX.

Lenguas, literaturas, organización política, economías, iglesias... todo se convierte en nación. Hasta el punto que a las diferencias religiosas se une también el aspecto “antipatriótico”. Los protestantes acusaron a los cristianos de tan grave delito en aquellos países en los que eran mayoritarios; y en Polonia, el catolicismo se convirtió en símbolo nacionalista para diferenciarse de los alemanes (protestantes) y los rusos (ortodoxos). En España, el proceso dio lugar al nacional-catolicismo del franquismo.

El nacionalismo histórico se convierte en el paso previo a la formación del Estado moderno. Fue en Inglaterra donde se inició el “nuevo nacionalismo popular”, que se exportó a América, dando lugar posteriormente a los Estados Unidos; y saltó al continente gracias a la Revolución francesa.

Hayes carga así contra la Ilustración y el modelo jacobino francés. Se entiende, pues el historiador parte de la idea, extendida en Estados Unidos, de que el Estado no debe inmiscuirse en las funciones de adoctrinamiento y educación escolares. Lejos de la función cívica que la escuela tiene para la tradición ilustrada resumida en que el niño debe ser educado, además de en el amor a la patria, en el amor a la libertad y a las leyes.

Entre finales del XVIII y principios del XX el nacionalismo se va desarrollando, en opinión del historiador, por toda Europa. Una ola que recorre el viejo continente: Napoleón, Herder, las revoluciones liberales, la sociedad industrializada (en realidad, el avance desigual de la industrialización), la escolarización gratuita y universal, el periodismo de masas, el materialismo, la intolerancia con las minorías religiosas o raciales (antisemitismo)... apenas salva a Metternich.


Siglo XX: explosión nacionalista

La explosión nacionalista se dio, definitivamente, en el siglo XX. Hay que recordar que Hayes publica el libro en 1960. Han pasado en pocos años dos guerras mundiales y las dos las ha vivido como investigador (a distancia) y como político (en Europa), respectivamente. La primera es, sin duda, una autodeterminación nacionalista; la segunda, una expansión nacionalista consecuencia de la primera.

Lo que empezó el 28 de junio de 1914 como “una guerra localizada” en el corazón de Europa, “se convirtió en breve en una enorme guerra generalizada, de la que la principal fuerza motriz era el nacionalismo”. Es así como define a la Gran Guerra, en la que “fallaron” el cristianismo, el socialismo marxista, “los intelectuales”, las grandes empresas y las finanzas internacionales.

Las masas estaban ya “impregnadas” de nacionalismo, al que se llegaba, según Hayes, gracias a “la escuela” y al “periodismo populares”. Fue una guerra totalitaria, desconocida hasta ese momento. Fue una “guerra masiva”. Una guerra cuya paz no resolvió el problema pese a que el gran vencedor del periodo 1914-1918 fue el nacionalismo.

“La Primera Guerra Mundial terminó, no únicamente con el triunfo de Serbia sobre Austria-Hungría, sino con el triunfo, en toda Europa, del nacionalismo sobre el imperialismo histórico, de los estados nacionales sobre los imperiales”.

Pero en 1918 fue “imposible” –como lo es en el siglo XXI– reestructurar el mapa de Europa “fundándose exclusivamente en una base nacional”. La fusión entre personas de distintas nacionalidades resultantes, la migración y los movimientos humanos habían sido de tal magnitud que “cada Estado nacional que se instauraba o ampliaba” llevaba consigo “un número considerable de personas de otra nacionalidad”. La Liga de las Naciones no resolvió nada y Woodrow Wilson fracasó.

Hayes defiende, pese a todos los males, que “el nacionalismo y la democracia” son “compatibles”. Así lo creía para los casos del Reino Unido y de Estados Unidos, que tenían “experiencia en la democracia y habían triunfado en la guerra”. Pero el nacionalismo puede derivar, y exacerbado lo hace siempre, en una dictadura, sobre todo si esta es “experta en propaganda y cuenta con el apoyo de las masas”.

Es como se llega a la Alemania, Italia y Rusia de los años 20 y 30 del siglo XX. Es lo que dio lugar a la Segunda Guerra Mundial. Con un añadido, en negativo. Hayes resalta que en estos tres países se dio el caso de que sus mesías, Hitler, Mussolini y Stalin, respectivamente, no estaban a la altura ni intelectual ni profesional (tanto en lo militar como en el campo del buen gobierno) de anteriores nacionalistas, incluso dictadores.

“Si comparamos lo que habían sido los dictadores de épocas pasadas, y la educación que habían tenido, con lo que eran y quienes eran los nuevos dictadores, notaremos un fuerte contraste. Hitler […] procedía de la masa y no tenía ninguna distinción intelectual ni militar. Mussolini era hijo de un herrero, su educación se limitó a la de una escuela normal elemental, su carrera fue la de un desafortunado maestro de escuela y la de periodista de segundo orden, y su servicio militar fue breve y sin gloria. Stalin era hijo de un zapatero campesino; que fue expulsado de un seminario a los 17 años a causa de su mala conducta y su falta de disciplina; fue autodidacto en las rudas artes de asaltante de caminos y promotor de desórdenes en las fábricas, y se vio impedido de prestar servicio activo alguno durante la Primera Guerra Mundial por ser criminal convicto”.

Estamos en el momento más totalizante de la historia. Con dictadores sin formación –grupo al que Hayes no incluye a Franco, pese a que su libro se publica con más de 20 años de dictadura en España–, con un control total del Estado, que “monopoliza todos los poderes” y subordina toda actividad: económica, religiosa, educativa, cultural... y con una expansión de la “propaganda popular”, radios, altavoces, cines... Hitler, Mussolini (en menor medida) y Stalin se convierten en pontifex maximus de las nuevas religiones.

El nacionalismo resultante a partir de mediados de la década de los 40 del siglo XX se extiende por Asia y África. Aparecerán, sin freno, India (1947), Ceilán (1948; desde 1972, Sri Lanka), Palestina (1948), Israel (1948), Malaisia (1957), Singapur (1963), Nigeria (1960), Túnez (1956), Marruecos (1956), Indonesia (1945), Siria (1946), Líbano (1943), Camboya (1949), Laos (1949), Vietnam (1945), Argelia (1962), Madagascar (1960)... a los que se suman los países europeos: Yugoslavia (1945), Polonia (1945), Checoslovaquia (1948), las dos Alemanias (1949), Hungría (1947)...

En la mayoría de los nuevos estados ya no importa la lengua (en India, en el momento de su independencia, hay al menos 33 lenguas y 10 dialectos), ni la tribu (que no son tenidas en cuenta para la formación de estados africanos). Se confía en un nacionalismo –proyectado en Asia y África en oposición al nacionalismo europeo– que tiene su “Dios”, con función de “protector del Estado”.


“Satisfacción” y “devoción”

Ahí se queda Hayes (nacido y criado baptista y convertido al catolicismo en 1904). Por una cuestión vital, obviamente. El nacionalismo. Una religión tiene como destino al cristiano descreído que es abducido por el nacionalismo local frente al nacionalismo religioso universal.

El estadounidense no tiene reparos en defender el nacionalismo en su justa medida (“en el grado” adecuado, desde su punto de vista) y para ello no ve inconveniente en que una creencia, con sus procesiones y sus templos, como es el nacionalismo, se combine con la religión cristiana, pues “hace mucho tiempo que la Iglesia cristiana considera el patriotismo como una noble virtud necesaria”; aunque, sin embargo, esta creencia cristiana (que predica la humildad y el altruismo) choque con la “soberbia” y el “egoísmo” que caracterizan al nacionalismo.

En definitiva: “El nacionalismo, como cualquier otra religión, nos pide, no únicamente la voluntad, sino también el intelecto, la imaginación y las emociones. […] La nación resguarda a sus miembros de cualquier peligro externo; fomenta las artes y las ciencias en bien de ellos y los nutre y alimenta. […] Las personas indiferentes u hostiles a la religión pueden encontrar una satisfacción y una devoción que ocupe el lugar de aquélla en el nacionalismo terreno; es decir: en lo que viene a ser, en esencia, una religión del secularismo moderno. Solamente de esta manera puede explicarse que algunos puedan ser, simultáneamente, comunistas y nacionalistas”.

Este artículo fue publicado por fronterad (30/01/14)





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