viernes, 26 de septiembre de 2014

El error de Societat Civil Catalana

Joan Vilaplana i Martí

Societat Civil Catalana (SCC) se equivocó celebrando un acto el 11 de septiembre. Esta frase podría ser entendida por los nacionalistas como el inicio de la división en esta organización. Nada más lejos. No hay ánimo de dividir nada sino de explicar y avisar sobre la trampa en la que cayó SCC al celebrar el acto de Tarragona.

El 11 de septiembre es una fecha en la que pasó algo. Concretamente una derrota militar de las tropas austriacistas en Barcelona en 1714. Este es el hecho desnudo. Empirismo puro sin ningún tipo de interpretación. Los hechos nos demuestran que fue la victoria final del candidato borbónico sobre el Habsburgo, ambos disputándose el trono de la monarquía española. Los hechos también demuestran que en aquel conflicto había catalanes en ambos bandos. Cervera, sin ir más lejos, se mantuvo fiel a Felipe V, tal y como había hecho gran parte de Cataluña antes del poco conocido “Pacte dels Vigatans”. Esto no es una interpretación, es lo que pasó realmente. Pero en el siglo XIX se hace popular la versión nacionalista que ha llegado hasta nuestros días: que aquello fue una guerra de España contra Cataluña y que, a causa de la derrota, los catalanes perdimos todas las libertades si bien hablar de libertades en la sociedad de principios del siglo XVIII con el significado que hoy tiene el término es desconocer bastante la Historia. No nos engañemos, los actos del 11 de septiembre tienen como finalidad reivindicar la versión nacionalista –convenientemente cocinada- de los hechos. Es aquí donde reside, precisamente, el error en la convocatoria de SCC.

El nacionalismo catalán se comporta como un hecho religioso. Tiene sus días de guardar y celebración, su martirologio, su estética, sus profetas y hasta unos rituales. El 11 de septiembre es uno de esos días. Por tanto,  no era posible plantear el acto de SCC como una celebración laica. Haciendo un símil católico, a todos nos parecería extraño y hasta ridículo que una asociación de ateos saliese en procesión para celebrar la Semana Santa. Pues con el 11 de septiembre pasa lo mismo: no es posible celebrarlo de manera no nacionalista porque está concebido para todo lo contrario. El sesgo nacionalista de este día está íntimamente ligado a su naturaleza.

Además, tampoco hemos de engañarnos: la V concentró a más gente que el acto de Tarragona. Esto es una realidad porque, además de contar con una difusión preferencial –por no decir única- en la mayoría de los medios de comunicación catalanes, ellos están más movilizados. Evidentemente, el acto de Tarragona no se planteó como un acto de grandes masas. Y tampoco la cantidad de gente que apoya una idea nos dice nada sobre la veracidad o corrección de la misma. Pero esto lo sabemos nosotros y no esa parte de la sociedad, aún indecisa, a la que hay que convencer y que suele comer por la vista. El nacionalismo ha mostrado siempre las diferencias cuantitativas como un éxito. No les demos esa satisfacción. No nos lo podemos permitir aunque sepamos que es propaganda vacía.



Por tanto, organizando SCC un acto y/o considerando ese día como uno singular aceptó parte de la cosmovisión nacionalista. Y lo que es aún peor, la parte nuclear de la misma. La que apoya el relato de su proceso. No se trata, por supuesto, de mala fe por parte de los organizadores. Es más bien, en mi opinión, algo que obedece a la inercia cultural que en mayor o menor medida todos llevamos. Pero aún así, no es excusable. El acto fue un error. Y para colmo, este error será usado en nuestra contra.

Sin ir más lejos, hace unos días me encontraba en la terraza de un bar y se sentaron en la mesa de al lado tres independentistas muy autocomplacientes que estuvieron comparando la V con el acto de SCC y alguna que otra manifestación “millonaria”. Para ello se sirvieron de los típicos “memes” que hoy en día se han hecho tan populares y, entre otras perlas, soltaron que la bandera mostrada en Tarragona ocupaba mucho y que allí hubo más voluntarios que asistentes. Cabe mencionar que hicieron uso de unos flamantes móviles de última generación, cosa rara en una gente que se considera explotada y oprimida por España. Cosa rara, digo, que siendo así cuenten con semejantes lujos. Pero esto es harina de otro costal. Es cierto que estos tres personajes no tenían ni idea de órdenes de magnitud pues en sus cabezas cabía que se pueden poner 9 personas por metro cuadrado, si atendemos a los datos de la ANC pero la cuestión es que compararon y creyeron que ganaron, hinchándose su ego, porque sólo se fijaron en el tamaño y no en las razones. Esto era inevitable y el acto de SCC no ayudó porque se les concedió gratuitamente un elemento comparativo. Es cierto que estos tres individuos difícilmente serán convencidos por nuestros argumentos. Además, la cosa fue bastante más patética porque se consideraban protagonistas del acto cuando todos sabemos que simplemente se han dejado llevar por el mainstream orquestado por las instituciones públicas tomadas por el nacionalismo. Pero esto lo sabemos nosotros y no ellos. Y si seguimos perdiendo jugando según sus reglas será muy difícil ya no cambiar la opinión de esta gente sino acercarnos a los indecisos, que son los realmente importantes.

Si queremos convencer debemos atraer el juego a nuestro terreno y abandonar el campo contrario. Proponer y erigir una Cataluña nueva. ¿Existe alternativa? Claro que sí. Un sí rotundo: se llama San Jorge. San Jorge es el día del libro, de la cultura. De la cultura entendida como elemento liberador y aglutinador y no como algo diferenciador y excluyente. Es el día de la palabra impresa que constituye, a mi entender, un avance capital en la Humanidad sino el principal y más importante. Y también es el Patrón de Cataluña. Es cierto que puede considerarse una fiesta religiosa pero las raíces cristianas de Cataluña son innegables. Y, habida cuenta de lo variado de las actividades, creo que satisface sin problemas a personas religiosas y no religiosas. Además, se celebra en primavera,  esa estación en la que estallan las flores, el tiempo nos invita a despojarnos de los ropajes invernales y a recorrer el mundo y los días, progresivamente más largos, se visten con una luz mediterránea propia de un cuadro de Sorolla. Sin duda, por significado, actividades y calendario es mejor que ese día triste de septiembre que nos anuncia el final del verano y el inicio del otoño, prolegómeno lúgubre de la inexorable muerte que es el invierno. Solo por la estación ya merecería la pena cambiar un día funerario como es el 11 de septiembre por una jornada que despierta las ansias de cultura, vida y paz. Siempre es mejor ensalzar la vitalidad que no los mártires de la patria. Este país ha tenido demasiadas muertes como para seguir con estas exequias anuales que solo dividen a la sociedad. ¡Viva la primavera!


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